Medio maratón de Fuencarral

Fue mi segunda media maratón -o medio maratón, siempre dudo con el género, aunque según la rae valen ambos- pero me marcó bastante más que la primera. La salida fácil, por calle ancha, con nervios pero sin empujones y varios kilómetros de bajada tranquila, suave y constante. Algunos vecinos madrugadores, bastantes mas que un domingo cualquiera de febrero, aplaudían desde las aceras, y parecían ánimos sinceros. No como los ánimos del caminante con prisa, que sólo quiere que aceleres para poder cruzar la calle lo antes posible. Después unos kilómetros de llano entre las encinas del Monte del Pardo. Kilómetros de tregua, pero de calma tensa. En el pelotón donde zapateaba se hizo el silencio, todos -casi todos, porque yo no lo sabía- guardaban fuerzas para lo que nos esperaba, llevábamos alrededor de diez kilómetros y el ritmo era bueno. Muy bueno. Tras pasar frente a los primeros cuarteles de El Pardo se ve una pequeña rotonda al fondo. Según nos vamos acercando se ve como los corredores que nos preceden giran bruscamente a la derecha en la glorieta, cuando llega mi turno veo nada mas girar, un muro. Una cuesta sin fin bordeando una pared fortificada. Curvas a izquierda y derecha con una pendiente continuada, no demasiado alta pero extenuante. Los novatos enseguida quedamos en evidencia y uno tras otro nos descolgamos. Sufriendo, y jadeando hasta llegar al punto mas alto. Después una sucesión de toboganes donde las piernas me duelen tanto en los descensos por tratar de retener los músculos como en los ascensos tratando de no quedarme clavado. Desde ahí a la meta sólo recuerdo calor, cansancio, ladridos de perro al pasar junto la sociedad protectora de animales y en los últimos kilómetros el vacío al cruzar las obras de lo que hoy es el PAU de Montecarmelo.

No recuerdo mi tiempo final,  sé que crucé la meta totalmente vacío, pero feliz. Había sufrido si, pero no lo suficiente como para que cada año cuando llega febrero, no piense que debería volver allí.  Sólo he podido repetir dos veces mas y este año tampoco podré hacerlo, pero volveremos.

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Siempre me ha gustado el deporte pero odiaba correr. Me ahogaba me asfixiaba, hasta que un día comprendi que el truco era olvidarse de la velocidad a la que corren los demás y aprender a disfrutar del camino. Soy un corredor malo, muy malo, pero me encanta correr....y nadar y el ciclismo, así que me hice triatleta. Ahora sueño con ser capaz, algún día, de llegar a Kona.