Archivo para julio, 2011

El Veneno del Ironman

Al final, a pesar de ser este un blog de running, y yo un runner empedernido, he decidido publicar mi primer post de nuestro blog hablando de mi primer Ironman. De cómo y por qué llegué a ponerme en la línea de salida y de lo curioso de cómo se van entrelazando y encadenando sucesos en la vida que al final te llevan a conocer personas increíbles, visitar lugares indescriptibles y vivir experiencias inolvidables.

Todo esto significó para mi la experiencia de afrontar mi primer Ironman. El descubrir cuando sólo era un niño que existía una prueba durísima que rozaba lo imposible llamada Ironman, que se disputaba en Hawai (lugar que sólo conocía por los surfistas y por la canción de Mecano que sonaba en aquella época), el decidir que algún día estaría en la línea de salida (sobre todo cuando supe que también se iba a celebrar en Lanzarote), el prepararla con esmero y tenacidad años después y finalmente el disputarla, sufrirla y sobre todo disfrutarla.

Sin duda también mucha  “culpa” de que finalmente haya afrontado este reto la ha tenido Álvaro (manosucias), amigo desde la infancia, al que paradójicamente conocí en un campeonato de natación cuando éramos unos críos y con el que he compartido la ilusión de realizarlo desde hace muchos años y las “penurias” de prepararlo estos últimos meses.

Con él inicié mis andanzas en este magnífico deporte, cuando nos juntamos con tres o cuatros “visionarios” más para inscribirnos vía internet en un club de triatlon de Sevilla pudiendo así debutar en nuestra primera prueba distancia “sprint” enla Casade Campo de Madrid.        Muy lejos queda también (ya han pasado 11 años) aquella fatídica lesión de rodilla que me dejó un clavo en la tibia y una muleta como eternos compañeros de viaje, o el primer día que decidí volver a correr (en contra de lo que indicaban algunos de los médicos que me trataron) cojeando y con15 Kgmás de los que peso ahora, o el primer maratón que conseguí finalizar ese mismo año,…

 

- El Ironman:

Poco antes de amanecer comienza el baile. Desayuno lo habitual de los días duros de entrenamiento en compañía de Álvaro y algunos de los grandes compañeros (ahora amigos) , la mayoría del club, que han compartido esta experiencia conmigo, de los que no voy a decir sus nombres por miedo a omitir alguno, pero a los que estoy profundamente agradecido por sus consejos y apoyo.

Hablamos de forma relativamente distendida pero hay una mezcla de tensión y concentración en la mirada de cada uno de nosotros. La llegada a boxes es parecida a como había imaginado, ultimamos detalles técnicos (la presión de las ruedas de la bici, bolsa con la ropa post competición), me enfundo el neopreno y pienso (ya está, ya está..). Hacemos una cola para atravesar la puerta que lleva a la playa. Allí está el arco de salida. En el trayecto veo a mi mujer y mis amigos que han volado desde Madrid para estar conmigo, le doy un beso y ella trata de buscar el miedo en mis ojos y yo, como siempre, sonrío.., todo va a salir bien.

Me despido de Álvaro y le deseo suerte, él va a salir en la mitad de pelotón (tiene más tablas que yo en estos “saraos”) pero yo prefiero salir atrás, tratando de evitar golpes innecesarios en el agua desde primera hora. Pronto descubriré que tal y como me habían advertido, debería haberme situado más adelante.

Comienza la natación. Los primeros minutos reina la confusión. Aun no ha amanecido aunque ya hay claridad, el mar sube y baja lentamente y el agua está los suficientemente transparente como para poder distinguir a quien tienes nadando a tu lado. A pesar de haber salido atrás, el giro de cada boya se convierte en una batalla campal, sobre todo al encarar la recta trazada por las corcheras al finalizar la primera vuelta. Así entre boya y boya, entre torta y torta van pasando los minutos y pronto habré acabado la natación. No he tragado mucha agua aunque sí he cobrado un poco… lo peor es que siento un dolor en el gemelo de mi pierna “mala” que me ha tenido en vilo durante toda la preparación del Ironman y que hoy parece querer ser protagonista. Decido ignorarlo pero sin perderlo de vista, me cambio de arriba abajo y me dispongo a afrontar la bicicleta.

Ironman_natacion

Ironman_natacion

Salgo tranquilo con el único pensamiento de que mi pierna debería aguantarme durante todo el segmento ciclista, pero sin tener la seguridad de qué pasará a la hora de correr.

Los km van pasando y comienzo por primera vez a disfrutar. El escenario es espectacular, mucho mejor de lo que había imaginado!. Converso con algunos de los participantes que me voy encontrando, leo en los dorsales su nombre, edad, nacionalidad e imagino como habrá sido su entrenamiento en Australia, Argentina, Holanda… y qué historia habrá detrás de cada uno de ellos. Pronto habrán pasado los miradores y casi 140 Km, no sin antes haber visto de nuevo a mi mujer (Almu) y amigos (que hoy son mi “equipo técnico”)  y haberle vuelto a sonreír (lógicamente no le hablo de mi gemelo y sólo le transmito lo espectacular del paisaje y el increíble ambiente de deportividad que se respira entre los participantes).

ironman_bici

Ironman segmento ciclista

Los últimos Km de bici se hacen especialmente duros. Una carretera de largísimas rectas con viento en contra se encarga de que salga de mi estado de “ensoñamiento” y tenga que apretar los dientes. Comienza a dolerme el pie derecho debido a la acumulación de KM y horas transcurridas, pero pronto me veo en Puerto del Carmen y me dispongo a correr. Me despido de la bici con un disimulado guiño (hoy se ha portado) y mientras me cambio converso con Almu que está al otro lado de la valla. Le digo que estoy bien y ella me informa de cómo van el resto de los compañeros del club. Me despido de ella. Me dispongo a correr. Es el momento más crucial del Ironman porque a pesar de sentirme bien de fuerzas tengo toda la pierna derecha hecha polvo, la rodilla, el gemelo y el pie….Doy una zancada, otra, otra… estoy corriendo y no pasa nada. De la emoción se me pone la carne de gallina. Estoy corriendo y todo va bien!.

Una vez pasada la euforia inicial decido seguir utilizando la cabeza como he hecho hasta ese momento. Puedo correr pero no se durante cuanto tiempo….

Tengo amagos de calambre en la pierna desde el KM 5 de carrera por lo que decido seguir corriendo sin parar ni tan siquiera en los avituallamientos (con la certeza de que como pare y arranque varias veces la pierna no me va a aguantar). Y así van pasando las vueltas. Me voy cruzando con todos los compañeros del club, nos saludamos y animamos para inmediatamente seguir cada uno con nuestra guerra personal (aquí todos corremos contra nosotros mismos).

ironman_running

Ironman carrera a pie

A mitad de mi tercera vuelta, cuando llevo corriendo más de 25 Km me vuelvo a cruzar con Álvaro, para él es su última vuelta y solo le separan 6 km aprox para finalizar el Ironman. Le veo tranquilo (sabe que el objetivo esta cumplido), chocamos la mano y sigo a lo mío, pero ahora se que él ya lo tiene (ha hecho una carrera increíble) y por primera vez siento que a pesar de mi pierna y los amagos de calambre, a mi tampoco se me va a escapar.

Comienzo la cuarta y última vuelta mientras Almu y mi “equipo técnico” me gritan: “una hora, sólo una hora más y lo habrás hecho!”. Respiro hondo, y sigo corriendo. No he parado en ningún momento de correr y los calambres que sí estoy sufriendo en los antebrazos me dificultan incluso a la hora de beber agua en los avituallamientos, pero aun así sigo corriendo y me mantengo sorprendentemente tranquilo. Para evitar mayores problemas los mantengo estirados y disminuyo aun más la amplitud de zancada (estoy corriendo más tieso que un “airgamboy”). Mientras, me acuerdo de mi familia, amigos ,compañeros de trabajo, etc.. que han estado todo este tiempo soportando mis historias sobre el ironman y en definitiva apoyándome a su manera. También me acuerdo de los médicos que me trataron la rodilla y pienso que a pesar de ser tan tremendistas, al final, no lo debieron hacer tan mal si había conseguido llegar hasta aquí…De pronto me encuentro a 300 metros de meta, Almu sale de entre el público y comienza a correr a mi lado (a pesar de su embarazo), le agarro la mano y corre conmigo hasta la meta (el ironman es tan suyo como mío).

Acto seguido estoy parado tras la meta… lo he conseguido!, beso a Almu y recibo mi medalla de finisher…. sencillamente indescriptible.

Al final todo cobra sentido, la ilusión desde mi niñez por disputar esta prueba, la dura rehabilitación de la rodilla, las horas de entrenamiento de los últimos meses robándole tiempo al tiempo, el empacho de barritas, geles, plátanos y agua que me he pegado y las 12 horas y 50 min y  226 KM aprox que acabo de dejar atrás. Finalmente se ha hecho posible lo imposible. Soy un Ironman.

 

Esta mañana, en el atasco habitual de Madrid a la hora de ir a trabajar he bajado la ventanilla del coche mientras el sol del amanecer comenzaba a darme en la cara. He cerrado los ojos y por un momento, al sentir el viento que suavemente recorría el habitáculo del coche, miles de recuerdos y sensaciones me han vuelto a asaltar, sintiendo la necesidad de plasmarlas en esta “interminable” crónica.

Uno de los grandes amigos que me traje de Lanzarote me dijo “hermano, ahora el veneno del ironman están dentro de ti”. En el momento no le di mayor importancia, pero pocas semanas después supe que tenía razón. No se cuando ni como, pero si hay algo seguro es que volveré.

A la memoria de mi abuelo. Él sí era de hierro.

Ironman_meta

En meta con mi mujer

Por fin es verano

Martes, 28 de Junio, siete y media de la tarde. El termómetro frente a la estación de Pozuelo de Alarcón marca treinta y siete grados centígrados. Como tengo algo de tiempo, y eso no es algo que abunde en mi día a día, decido salir a correr un poco,  muy suave puesto que el calor aprieta. No tengo muy claro el recorrido así que pongo rumbo a la Casa de Campo, puesto que es un lugar perfecto para la improvisación en el arte de deambular con zapatillas de corredor. Primeros kilómetros, ¡que bien me encuentro! -normal, voy muy despacio-, no me afectan ni el calor ni la ausencia total de sombra. Entro en la Casa de Campo escoltado por un tren que brama bajo el puente de la carretera de Castilla y las escaleras improvisadas con traviesas de vía férrea que sirven de entrada no motorizada, me invitan a subir con calma bajo amenaza de tropiezo o revolcón. Una vez dentro del bosque semiurbano, las encinas me protegen del sol y un poco mas adelante ceden el testigo los pinos y chopos que acompañan el curso del arroyo de Antequina. Enfilo la cuesta del cerro de Garabitas, e incremento un poco el ritmo, lo suficiente como para adelantar a un ciclista temporero, con tantos kilos de más como días de menos dando pedales. En lo alto del cerro, me refresco en la fuente fuertemente custodiada por alguna que otra avispa,  y  pese a los aspavientos y las siempre incómodas posturas de los bebederos públicos, consigo recuperarme un poco del sofocón de la subida. Llevo recorridos seis kilómetros y medio, según mi GPS minimalista.

Casa de Campo
Como no me apetece desandar lo andado, o mejor dicho destrotar lo trotado, me adentro un poco mas en el parque para volver bordeando la Tapia, hasta el punto de entrada inicial. El camino junto al muro desciende suavemente con pequeños toboganes que invita sugerentemente a  incrementar el ritmo  y caigo en la trampa en mas de una ocasión, hasta que la brutalidad de un repecho coronado por una aberrante torreta de alta tensión -recordemos que la Casa de Campo, pese a llamarse parque, no deja de ser un bosque-  frena en seco mis delirios de atleta y me recuerda que es verano, hace treinta y muchos grados y es la primera vez en muchos meses que llevo mas de cincuenta minutos corriendo. Derrotado y con la boca con sabor a polvo y arena, abandono el pulmón verde de Madrid tratando de llenar de aire los míos y llegar a casa lo antes posible. Las piernas ya no responden, no tengo fuerzas, y compruebo con desesperación como ninguna de las fuentes que adornan -en toda la extensión de la palabra- el paseo del arroyo de Pozuelo es capaz de darme una sola gota de agua. Una hora y catorce minutos después de la partida, consigo llegar de nuevo a casa. Empapado en sudor, sediento y agotado, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Me encanta el verano, que le vamos a hacer.