Por fin es verano

Martes, 28 de Junio, siete y media de la tarde. El termómetro frente a la estación de Pozuelo de Alarcón marca treinta y siete grados centígrados. Como tengo algo de tiempo, y eso no es algo que abunde en mi día a día, decido salir a correr un poco,  muy suave puesto que el calor aprieta. No tengo muy claro el recorrido así que pongo rumbo a la Casa de Campo, puesto que es un lugar perfecto para la improvisación en el arte de deambular con zapatillas de corredor. Primeros kilómetros, ¡que bien me encuentro! -normal, voy muy despacio-, no me afectan ni el calor ni la ausencia total de sombra. Entro en la Casa de Campo escoltado por un tren que brama bajo el puente de la carretera de Castilla y las escaleras improvisadas con traviesas de vía férrea que sirven de entrada no motorizada, me invitan a subir con calma bajo amenaza de tropiezo o revolcón. Una vez dentro del bosque semiurbano, las encinas me protegen del sol y un poco mas adelante ceden el testigo los pinos y chopos que acompañan el curso del arroyo de Antequina. Enfilo la cuesta del cerro de Garabitas, e incremento un poco el ritmo, lo suficiente como para adelantar a un ciclista temporero, con tantos kilos de más como días de menos dando pedales. En lo alto del cerro, me refresco en la fuente fuertemente custodiada por alguna que otra avispa,  y  pese a los aspavientos y las siempre incómodas posturas de los bebederos públicos, consigo recuperarme un poco del sofocón de la subida. Llevo recorridos seis kilómetros y medio, según mi GPS minimalista.

Casa de Campo
Como no me apetece desandar lo andado, o mejor dicho destrotar lo trotado, me adentro un poco mas en el parque para volver bordeando la Tapia, hasta el punto de entrada inicial. El camino junto al muro desciende suavemente con pequeños toboganes que invita sugerentemente a  incrementar el ritmo  y caigo en la trampa en mas de una ocasión, hasta que la brutalidad de un repecho coronado por una aberrante torreta de alta tensión -recordemos que la Casa de Campo, pese a llamarse parque, no deja de ser un bosque-  frena en seco mis delirios de atleta y me recuerda que es verano, hace treinta y muchos grados y es la primera vez en muchos meses que llevo mas de cincuenta minutos corriendo. Derrotado y con la boca con sabor a polvo y arena, abandono el pulmón verde de Madrid tratando de llenar de aire los míos y llegar a casa lo antes posible. Las piernas ya no responden, no tengo fuerzas, y compruebo con desesperación como ninguna de las fuentes que adornan -en toda la extensión de la palabra- el paseo del arroyo de Pozuelo es capaz de darme una sola gota de agua. Una hora y catorce minutos después de la partida, consigo llegar de nuevo a casa. Empapado en sudor, sediento y agotado, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Me encanta el verano, que le vamos a hacer.

 

Etiquetas:

2 Comentarios

  1. icosas dice:

    Hoy he tenido la misma sensación en un recorrido similar -más corto- en la ría próxima a Coruña. Que gozada, el verano.

  2. Juan dice:

    Yo ayer salí por la tarde con los chic@s del Nike Running Club de Madrid, y la primera parte bien, pero a partir de los 4 km, con el calorcillo, empezaba a faltarme aire…

Autor:

visita mi página web

Siempre me ha gustado el deporte pero odiaba correr. Me ahogaba me asfixiaba, hasta que un día comprendi que el truco era olvidarse de la velocidad a la que corren los demás y aprender a disfrutar del camino. Soy un corredor malo, muy malo, pero me encanta correr....y nadar y el ciclismo, así que me hice triatleta. Ahora sueño con ser capaz, algún día, de llegar a Kona.